26 de septiembre de 2008

Sirena varada...


Sara vivía en Madrid capital, tenía un piso pequeño con vistas a un descampado donde los jonkis solían dormitar hasta el amanecer…Era una joven hermosa y solitaria, su madre quería que fuera abogada y que tuviese una casa grande, pero sus sueños se truncaron el día que descubrió que su vida nunca tuvo ningún sentido…ella quería ser diferente, conocer al hombre de su vida y quererlo hasta quedarse sin fuerzas, pero en lugar de amor solo encontró sexo y drogas que la llevaban hacia un laberinto de luces y sombras, un laberinto que la atrapó y nunca la dejó escapar…
Sara ofrecía besos previo pago…cada noche empolvaba su nariz hasta el momento de la verdad, si no fuese así, no podría soportarlo…
Otra noche más la maldita rutina la agobiaba, se maldecía a sí misma y lloraba viendo caer las lágrimas, negras por el rimel, sobre sus mejillas sonrojadas…el día había sido largo, duro,…
Como todos los días, cogía el metro hasta un barrio perdido a las afueras de Madrid, allí, agujereaba su vida con una jeringuilla prestada y se evadía mientras las drogas iban surtiendo efecto…
Eran muchos los hombres que habían visitado su cama, pero tal vez este fuese diferente a todos los demás…Andrés apareció una noche en su vida para salvarla de ese mundo, para encontrar en su interior algo que mereciera la pena, él la quería por su yo que no ven los demás, él había visto una persona no un simple objeto sexual que se drogaba para sobrevivir a esa vida…Andrés se había enamorado de una prostituta que no llegaría a los 35 si continuaba así…
Él tenía todo lo que se podía desear, era guapo, tenía un buen trabajo y una mujer que lo adoraba, pero pese a tenerlo todo le faltaba lo más importante, el deseo y la ilusión de querer y sentirse querido por alguien…
Una noche salió a tomar el aire y en la esquina de su casa encontró a Sara, era una chica preciosa, tendría unos 30 años, tez morena y cálida, cabello castaño y ojos cristalinos, Andrés no pudo dejar de mirarla ni un momento, quería saber algo más de ella, tenía que saber su nombre, su vida…entonces decidió acercarse.
- ¿Tienes fuego?- Preguntó
- No fumo
A Andrés le gustó escuchar esa respuesta, entonces sonrió y dijo:
- Así me gusta, unos ojos tan bonitos como los tuyos no deberían envolverse en el humo de un cigarrillo
- Si tú supieras todo lo que estos ojos tienen que ver no dirías que son preciosos
Su voz sonó cortante, esquiva, pese a ello, a Sara le gustó aquel desconocido, por un momento pensó que podría ser el único hombre que se había dirigido a ella sin preguntarle la tarifa de noche…
Andrés ansiaba saber más cosas sobre aquella hermosa desconocida, pero tenía miedo de que ella rechazara dar un paseo por las calles taciturnas de Madrid…
- ¿Te importaría que te hiciese algo de compañía?, me siento solo últimamente
Sara le sonrió y le hizo un gesto amable para que él entendiese que aceptaba su propuesta…
Anduvieron durante largas horas por Madrid y conversaron de muchas cosas, Sara le dijo que era prostituta, pero a Andrés no le importaba eso, él había encontrado algo más en el fondo de ese corazón de papel, había descubierto en su mirada el miedo y la tristeza de la situación que vivía…
El sol llegó y con él, la despedida, ambos sonrieron y se dieron un cálido beso, posiblemente el beso más sincero entre dos personas tan diferentes como ellas…
- Hasta pronto- dijeron ambos, y continuaron su camino…

Las noches sin él eran cada vez más duras, Sara lo buscaba entre toda la gente con la pequeña esperanza de volverlo a ver, hasta que por fin, Andrés entró en el bar y la rescató…
Le vendó los ojos y la subió a un coche, quería sorprenderla, quería que conociera el mundo fabuloso que tantas veces había soñado y no creía real, pero lo era…
Por fin llegaron, Andrés le quitó la venda y ella abrió los ojos con miedo…
Nunca había visto el mar, solo en algunas películas que siempre tienen un final feliz, quiso esconder las lágrimas pero le fue imposible, mientras, Andrés la abrazaba y besaba tiernamente su frente…Ella pensaba hace años que había llegado a amar alguna que otra vez, tampoco demasiadas, pero sí alguna; fue no hace mucho cuando se dio cuenta de que antes de conocerlo a él ese tipo de amor no lo había experimentado.


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