1 de abril de 2014

Divagar

Frente a una habitación vacía de personas aguarda a alguien que no llega. Se enfunda en su pijama azul y blanco de rayas. Tumbada mirando al techo. Piensa en su tez bronceada. Debe ser el calor. Se siente algo cansada. A lo lejos escucha las voces del resto de la gente que convive con ella. Sus charlas sobre lo que hicieron hoy. Sobre lo que harán mañana. En su mente solo caben los restos de lo que fue. Ese naufragado recuerdo de un ayer que le pesa demasiado. Seres diminutos vagan por un lugar indeterminado. Lo pueblan. Establecen una sociedad dispar. Crean un mundo diferente a este en que vivimos. Habitan y entablan relaciones inconexas. Indescriptibles. Nómadas sin dueño, sin destino. Corren de un territorio a otro cualquiera. Descubriendo paisajes nuevos. Empapándose de todo lo que ven. De algún modo manipulan a su antojo la información que reciben del nuevo medio en que se encuentran. Lo perciben a su manera. Captan y sienten con una particular forma. Posiblemente así funcione la mente. Pequeños mini individuos se dedican a maquinar una serie de actuaciones que realizamos diariamente. Que mecanizamos sin darnos cuenta. Lo complejo del pensamiento es que no siempre conseguimos dominarlo. Despertar sudando por una pesadilla viene siendo algo tan habitual que le asusta. Será efecto de las pastillas. Esas cápsulas que en teoria deberían aliviar y no crear fantasmas mayores.
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