20 de mayo de 2014

Cables

Rodeado de cables y aparatos que respiran por él. Así le encontró cuando entró en aquella fría habitación de hospital. Despuntaba el alba y un pequeño y tímido sol parecía tratar de dar luz al ramo que coloreaba el cuarto.
- ¿Cómo te encuentras, amigo? Anoche soñé que despertabas, ¿sabes? que todo volvía a ser como hace una semana. Que íbamos a cenar al mejor restaurante de Barcelona y después a la playa, a sentir la arena y el agua rozar nuestros pies. Joder, tío, tienes que despertarte. Te necesito.
Las lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas. Creo que comenzó a darse cuenta de lo efímera que podía llegar a ser la vida. Nunca antes la había valorado. Era un chico alocado. De esos que no entienden de normas ni reglas. No temía a nada. Vivía como quería. Nunca quiso a nadie hasta que lo conoció. Juntos comprendieron que los subterfugios eran menos amargos. Que las cloacas no eran tan malolientes. Que se puede tener todo sin tener nada. Que de un suelo puede hacerse un buen colchón. Que una tabla bien se convierte en una mesa digna de ikea. Que una flor medio marchita también es un jardín. Y ahora él estaba en el hospital. Y se pregunta de qué sirve esa filosofía si ha tirado por la borda su salud entre baños. De qué le vale si no se cuidó. Si no se tuvo en cuenta a él. Si de tanto mirar hacia afuera se olvido de verse. Y llora porque no puede ayudarle. Y siente rabia y una impotencia de esas que no dejan respirar, justo lo que casi no logra hacer su amigo. Y le da pena. Y es que a veces, por más que tengas, no sirve si no te miras a ti mismo.
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