16 de mayo de 2014

Claudia

Claudia repasa en su mente como si de un libro se tratase. Abre y cierra los ojos. Abre y cierra las puertas de la casa. Camina de un lado a otro. Inquietud. Nervios. Limpia el polvo del cuadro. No se trata de uno cualquiera. No. Es el suyo. El primero. El que compró cuando inauguró la casa. Cuando empezó todo. Llegaron a la vez. Él y ella. Y ambos han sido cómplices del frío. De las risas. Del humo. Del ruido. De cuando se quemó la cena que le preparaba a su hermana cuando volvía de Berlín. De cómo el perro ladraba a todos los desconocidos que llegaban. De cuando se secó la orquídea que le regaló su primo Eloy. De cuando pintaron las paredes del salón y él tuvo que trasladarse al cuarto de invitados. De las mudanzas de su madre. De los problemas con la vecina del cuarto derecha. Y ahora tienes que irte. Después de tantos recuerdos compartidos vuelves a refugiarte en una caja de cartón. Ya lo he borrado. Las tazas de café azules que tanto le gustaban ya están envueltas en papel de periódico. Sus vestidos de verano. Los zapatos de tacón alto. Las zapatillas deportivas. Los tejanos. Los abrazos a las tres y media de la tarde. Los besos bajo la lluvia. Las caricias entre la manta del sofá. Los susurros en el oído. Las cartas escritas con tinta negra. Las manos entrelazadas en la última fila del cine. Esas promesas en la arena de la playa que se llevó la marea. Los mensajes a deshora. Hacer colchones de cada pared. El vestirnos y desvestirnos. Fumar y compartir cigarros. Todo. Entre cajas marrones que huelen a húmedo. Ahí quedan resumidos los restos de nuestra vida juntas. Y ahora, ¿qué es lo que quieres que te diga yo? A mí no me quedan más fuerzas. Me da pereza ya, me cansé de pelear. Tú te alejaste y yo me acercaba a ti. Tú solamente pensaste en la incertidumbre. En escuchar de fondo ese pequeño hilo musical que susurra lo mismo de ayer. Lo que probablemente dirá mañana. Ponerle nombre a todo y no encontrarle sentido a nada. Así cada día. Oyes unas risas enlatadas. De esas que siempre te pusieron nerviosa. Las típicas de las series americanas que no hacen gracia. Finges que nada importa. Máscaras. Retratos en blanco y negro de aquellos tiempos. Y ahora, ¿qué quieres ver si no miras? Abre los ojos de una vez. Anda. Camina hacia adelante y observa todo lo que te apetezca. Todo cuanto rodea el mundo que se difumina allá a lo lejos es para ti, es tuyo. Disfrútalo. Vívelo. Aquel cuadro está deseando salir de la caja para ser colgado. Y yo, yo me muero de ganas por volver a volar contigo.
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