2 de mayo de 2014

Una historia de tantas

Dejó de batir sus alas. Por un instante quiso volver a ser todo aquello que una tarde relató en voz alta mientras ponía forma a las nubes acompañado de un pequeño y radiante sol. Le echaba de menos aunque me lo negase todos los días. Realmente quería recuperar aquellos momentos en que compartimos esa infancia que no pudimos disfrutar. Volver a ser niños tardíos. Le gustaba coleccionar piedras. Y en realidad nunca supo muy bien el por qué. Pero siempre creyó que detrás de cada piedra había una historia fascinante. Y le apasionaba imaginar, fantasear con la idea de lo que podía haber ocurrido con cada una de ellas. Tenía cientos guardadas en una caja de cartón coloreada. La escondía bajo su cama. Como si de un gran tesoro se tratase. Para Sam lo era. Recuerdo que una vez encontramos una, bastante pequeña, en el parque de detrás de mi casa. Era de un azul tan intenso como el de sus ojos. La recogió con suma delicadeza y la limpió con agua cristalina. Entonces su mente inició un viaje y yo lo recorrí junto a él. Me encantaba escucharle. Era un chico diferente. Nunca le gustó que le definiese así, pero lo era. Porque el resto de chicos jugaban al fútbol mientras él se quedaba tumbado observando las nubes conmigo. Porque él leía libros interminables para aprender más. Porque escuchaba música con los ojos cerrados. Porque escribía poemas en diagonal, nunca en línea recta. Y cuando se marchó dejó un hueco en el parque. Y varias nubes se fueron para no regresar. Y el silencio inundó el aula de música. Y el profesor de filosofía derramó una lágrima sin querer. Y yo, casi sin darme cuenta, imité cada uno de sus gestos para no olvidarle nunca.
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