7 de mayo de 2014

Vidas

Gota a gota. Un lienzo trazado muy delicadamente. Con un pincel muy fino. Con una línea transversal. Colores cálidos. De esos que te incitan a seguir observando una y otra vez esa preciosa obra. Mirar cada parte y analizarla. Deslizar tus dedos para sentir el suave tacto de la pintura fresca. A lo lejos un difuminado mar plasmado en gamas azules y blancas. Si entrecierras los ojos casi puedes percibir el aroma de las salinas, el rugir de las olas contra las rocas, el canto de las caracolas que susurran amables sus sueños a los pescadores. En la cabaña de madera duerme entre cañas secas el gato del guardés. Sediento y cabizbajo. Lamiéndose de cuando en cuando las afiladas uñas que más tarde se limará en la puerta que da a la cocina. No responde a ningún nombre, ni a los silbidos que el guardés recita cada rato. Él solo aguarda silencioso entre esas cuatro paredes, jugando con las cortinas del salón. Guareciéndose entre las telas de araña del sótano destartalado. Desperezándose en la alfombra frente al televisor quemado y resentido. Arañando los cojines de un sofá inquebrantable. Envejeciendo lentamente tras las pelusas que nacen bajo la cama. Muriendo minuto a minuto al lado de un bebedero con sabor a metal oxidado. Entre sus calles corretea sin preámbulos. Parece no temerle a nada. Ni a los coches, ni al fuerte frío que acecha cada esquina. Ni siquiera al policía tan serio que de vez en cuando se deja caer por aquí. Hace mucho que el miedo dejó de dormir a su lado. Casi el mismo tiempo que cuando lo perdió todo. Menos la sonrisa. Un día me contó que en el momento que lo mirase y no estuviese sonriendo, entonces algo iba realmente mal, mientras tanto no debía preocuparme. Parecía increíble que fuese feliz con tan poco. Una manta, ropas viejas y un colgante antiguo. Era indomable. Un nómada de la vida. Un rehén del viento. Una noche me senté con él en la plaza. Quería escuchar su historia. Se enamoró de Ángela, su vecina. Aunque nunca le quiso a él. Le escribió tantas cartas como pudo, pero no bastó. Le dedicaba las canciones que a ella más le gustaban y jamás las escuchaba. Hasta que un día Ángela se fue, y él decidió irse también. Cuando ella volvió él ya no estaba. Y era ella la que añoraba las cartas y las canciones, pero entonces era demasiado tarde. Se había marchado, y él si que no volvería. Recuerdo que lloré escuchando su historia, y recuerdo también que en aquel instante, su sonrisa se esfumó… Y que justo enfrente de la plaza la luna se bañaba entre el mar y la cabaña del guardés. Y un gato taciturno y nostálgico se sentó a mi lado y al suyo y se acurrucó entre sus zapatos. Y su sonrisa brotó como lo hacen las rosas en la primavera. Y el gato maulló mientras lamía los dedos que acariciaban su cabeza y despeinaban su pelaje. Y ninguno de los dos volvió a sentirse solo.
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