4 de junio de 2014

El tiempo pasa

La ingenuidad. Lo volátil de lo corriente. La soledad de lo sencillo. Lo poco que se valora lo realmente importante. Lo que es casi imperceptible. Desde donde me encuentro puedo ver una ventana idéntica a la que había en la casa que solíamos visitar cuando éramos esos valientes bajitos y aventureros. Con ansias por comprenderlo todo. Cristal ámbar y formas esféricas. Cuando mirabas a través de él las cosas eran distintas. Podías imaginarlo todo y dejar que tu mente viajase a lugares de ensueño. Nos montábamos en un tren hacia un sitio indeterminado y volábamos. Ingenuidad. Ahora ya no es así. Somos más frágiles. Nos rompemos con mirarnos a los ojos. Con observar una silueta de mujer caminando a lo lejos. Con rozar unos labios ajenos que nos hacen vibrar. Nos enamoramos y nuestro corazón se torna papel cebolla. Tan débil que casi puede quebrarse con un leve suspiro. Y dicen que los niños son seres indefensos, cuando los adultos no entienden el mundo en que vivimos. Conforme crecemos, vamos dejando atrás sueños en casas construidas en las copas de los árboles. Castillos de arena en la orilla de centenares de playas donde veraneamos algunos veranos. Sonrisas perdidas entre los brazos de nuestros abuelos. Corazones mal dibujados con los nombres de nuestros padres. Nuestra mirada más sincera, más limpia. Y entonces maduramos y perdemos esa inocencia. Esa ilusión por dormir temprano la noche de reyes. Aunque ganamos tantas cosas que merece la pena, ¿verdad? Ganamos experiencias. Ganamos la certeza de sentir. Ganamos sabiduría. Ganamos el porvenir. Ganamos la capacidad de compartir una vida y crear otra. De ver crecer a nuestros padres. De ver cómo hemos ido cambiando. De coleccionar fotografías antiguas. De disfrutar de un libro y aprender de él. De tener un hijo y verle crecer. De tener un hogar. Un perro o un gato. De amar y ser amados. De evolucionar. El ciclo de nuestra vida. Lo bello de que el tiempo siga su curso.
Publicar un comentario