11 de junio de 2014

Ella y el mar

Ella coleccionaba atardeceres a la orilla del mar. Siempre caminaba con la sonrisa puesta, aunque no tuviese ganas de reír. Decía que era el mejor regalo que podía hacerle al mundo después de todo. Pese a que no siempre le hubiese devuelto todos los favores que ella le había hecho. No le importaba la lluvia, ni el frío, ni siquiera el viento que azotaba su ventana a media noche. Simplemente se dejaba llevar por el pasar del tiempo. Navegando entre las agujas de un reloj que no siempre le daba la razón. Llegó a veces a ser presa de sí misma, hasta que comprendió que no le gustaba vivir entre cadenas ni yugos. Entonces conoció la verdadera libertad, la de sus pensamientos. Se liberó de ella. Y aprendió así la lección más importante. Que no se trata del camino que sigas, sino de los zapatos que utilices al andarlo. Y es que ella se pasó demasiados días corriendo con tacones por sendas embarradas. Y siempre se quedaba estancada en un cruce de calles. Ahora en cambio se descalza sin pudores a que le vean los pies, ya no tiene miedo. Ahora deja que su pelo se balancee entre sus hombros y sueñen juntos. Dejó de atarlo entre cordones negros. Dejó también de mantener encendida la luz del pasillo, supongo que comprendió que no regresaría más. Dejó de darle la mano al fantasma de su ausencia. Dejó de guardar recuerdos entre páginas que no leería. Ahora escribía historias al caer el sol. Aprendió que por más que digas que sí, has de querer hacerlo. No se trata de poder, se trata de querer. Y ella quiso, y por eso pudo. Y ahora se refleja entre la sal y la arena, dejando que el agua remoje sus pies y acaricie su cuerpo. Y levemente sonríe. Y dibuja corazones que se esfuman con el oleaje, pero no le importa. Ahora sabe que por más que las olas borren sus garabatos, siempre podrá seguir dibujando.
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