15 de julio de 2014

Avanzar

Un tenue aroma a café recién hecho me despierta. Un suave haz de luz inunda la habitación. Mi habitación. En el salón aguarda con su mejor sonrisa, me abraza y sus buenos días son la mejor de las medicinas. A veces el miedo nos paraliza y nos estanca. Y de pronto un día dejamos de sentirlo porque le miramos de frente y comprendemos que no era tan grande. Un empujón hacia adelante hace que nos demos cuenta de que podemos hacerlo, que somos más fuertes de lo que creíamos. Que puede que nuestro lugar no esté aquí, pero éste siempre será un hogar donde amansar la fiera que yace en nuestro interior. Donde callar esas voces que dicen que no lo lograrás. Aquí siempre tendré ese pequeño remanso de paz para encontrar el camino de regreso. Esa niña indefensa que se cubre con su manta hasta la cabeza, que se sienta por la noche a observar constelaciones que no pueden apreciarse en la gran ciudad. Aquí quedan guardados los recuerdos de cuando construías mundos de fantasía con juguetes pequeños, cuando creabas vidas anónimas e inventabas historias que ahora puedes vivir. Hay que enfrentarse a lo que pesa para darse cuenta de que no es tan dura la carga, que la distorsión abarca más de lo que parece y que si limpias un poco el cristal de tus gafas puedes verlo todo con mayor claridad. Teléfonos antiguos y arcas llenas de ropas viejas, de esas que llevaron aquellos que guían ahora cada paso que voy dando, para que no me pierda por sendas embarradas. Pasar de los montes a la brisa del mar, tal vez sea hermoso empezar una etapa allí sabiendo que no dejo atrás el verdor de la vid, sino que parto allende los mares para encontrarme, para comenzar a ser y para seguir creciendo. Y si se tuerce esta carretera plagada de incertidumbres, aquí quedará el sofá de piel marrón oscura donde tantas veces jugué a ser mayor, la piscina que refrescó mis pies las noches de verano, los caminos de tierra que recorrí caminando sin saber si era sur, norte o tal vez el oeste. Es lo hermoso de avanzar, que no siempre tienes que rechazar aquello que te enseñó a ser lo que hoy en día eres, sino atesorarlo y apreciar que gracias a eso ahora puedes mantener la cabeza erguida para observar el horizonte con una perspectiva mejor.
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