2 de julio de 2014

¿Quién quieres ser?

Sacó una moneda del bolsillo izquierdo de su pantalón. Siempre las llevaba sueltas. No le gustaba llevar cartera. Decía que si las guardaba las sentiría como suyas y el dinero nunca es una posesión individual. Es algo tan efímero como el oxígeno. Va y viene. Se cambia al instante. Giró la moneda un par de veces y finalmente la tiró en el vaso del vagabundo de siempre. Ambos sonrieron. Como sonríen dos viejos conocidos que se alegran de verse. Como lo hacen dos niños tímidos el primer día de colegio. Siguió la rutina de todos los días. Dándole vueltas a un mechero mientras escuchaba I Do it for you. Siempre le gustó esa canción. Cada letra de Bryan Adams le hacía tiritar. Sobrecogerse y echarse a llorar como un niño pequeño. La magia de la música. Parece increíble lo volátil que resulta todo. Lo poco que llegamos a valorar los pequeños detalles a veces. Se sentó bajo el primer árbol que encontró y abrió el libro. Página cincuenta y tres, capítulo veinte. Releyó su propia historia. Páginas que hablaban de creer, de luchar, de sobrevivir. ¿En qué momento dejó de creer en él? ¿Lo había hecho en algún momento? ¿Palabras vacías tal vez? Cuántas veces le dio por narrar leyendas cargadas de optimismo con la esperanza de interiorizarlas. De hacerlas suyas y, de una vez por todas, dar ese golpe en la mesa y lanzarse a la calle con la cabeza alta, para verdaderamente encontrarse con él. Demasiadas palabras escritas por escribir. Por rellenas los huecos en blanco. Demasiados pensamientos de autoconvencimiento que no sirvieron para convencerle de nada. Lee y sonríe. Maldito farsante. Vives de lo que aparentas. ¿Quién eres tú? ¿Quién quieres ser? Se levantó y miró hacia el horizonte. Las nubes cubrían el mar, y los edificios. Para qué fingir más. Deja de mirar a tu alrededor. Deja de huir. Deja de evadir la realidad a golpe de café y cigarrillos. Deja de suspirar y maldecir todo. Da un golpe. De esos de suerte. Sí. Los que cambian la suerte. Porque eso que esperas para ti está justo en el lugar en el que has dejado de buscar. Porque dices que estás cansado cuando todavía no has movido un dedo por ti. Deja los lamentos y las plegarias. Deja el rumor del viento. Que siga azotando la ventana si quiere. El reloj ya se ha convertido en una esfera sin sentido. Ahora te toca a ti. Reconocerte y encontrarte. Salir a buscarte de nuevo. Mirarte a los ojos y ver lo que eres en realidad. Deja de fingir que todo marcha bien. Deja las máscaras en el armario. Grítale al mundo lo que siempre quisiste decirle. Sonríe cuando lo sientas en realidad. Limpia el polvo de los muebles de ese rincón de tu vida que nunca quisiste enseñar. Y eso fue lo que hizo. Optó por despertar de su sueño y apagar la música que tantas veces le había dejado sordo. La que le había impedido escucharse a sí mismo. Empezó a mirarse los zapatos. Y a hablar por él. Y a vivir.
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