9 de octubre de 2014

La espina y la flor

Las espinas son fuertes a simple vista. Parecen estar hechas para no sentir, para doler. Pero no todas son iguales. Viven encadenadas a una flor. La más bella del jardín. Se pasan los días observando el paisaje. Apreciando el aroma que emana de cada pequeño brote de vida. Se alimentan de recuerdos, de imágenes, de despojos. Nadie comprende que sin ellas no habría flores. Ni jardines. Que la naturaleza las creó para proteger a su bella flor. Una vez conocí de cerca a una espina. Era sombría y discreta. Tenía la tez pálida y la mirada cargada de incertidumbre. Pese a su apariencia fuerte, escondía un corazón humilde y sencillo, plagado de amor que regalar a su hermosa flor. Pero la flor tenía un mundo distinto del suyo, esperaba a que su jardinero un buen día la cortase y así adornar un hogar, inundarlo de colores, de aromas frescos. La espina se enamoró de su flor. Se enamoró como lo hacen los adolescentes, ansiaba que su compañera un buen día le profesase un amor como el que ella sentía. Pero las flores no están hechas para enamorarse de las espinas. Ellas son hermosas y aventureras, siempre quieren más, esperan más. Y la espina lloraba desde su tallo, viendo como su amada buscaba lo que ella podía darle, pero no veía a la espina, solo veía el jardín y a su jardinero. Y es que, cuando la espina se enamora de la flor, siempre se queda sola. Viendo cómo ella se marcha, hermosa y radiante. Porque las espinas nacieron para ser rechazadas. Para quedarse quietas viendo brotar un jardín frondoso. Para enamorarse perdidamente sabiendo que jamás las querrán a ellas. Puede que algún día, quizás dentro de muchos años, sea la flor la que extrañe a su pequeña y delicada espina.
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