20 de octubre de 2014

Todo y nada

Todo y nada. Eso somos a veces. Un día me dijeron qué me aportaba estar presa en mi cárcel de pensamientos en espiral. Echo la vista atrás y me recuerdo ahí, sola. Con una multitud rodeando mi torpe existencia, viéndome caer, perder, ganar y volver a perder. Subida en lo alto del precipicio. Mirando hacia abajo. Deseando saltar y que todo se esfumase. Pero no solo se marcharía lo malo. También lo bueno se pierde si te vas. Se pierden las sonrisas de aquellos que creían en ti. Se pierden los abrazos que llenan tu cuerpo de calor y vida. Se pierden las cosquillas a media tarde. Se pierden las miradas de admiración de la gente que sueña verte feliz. Se pierden los besos. Se pierden las palabras de ánimo. Se pierden los momentos bajo la lluvia riendo a carcajadas. Se pierden las noches con los zapatos en la mano. Se pierde el aroma a tierra mojada. Se pierde el cariño de tus mascotas. Se pierden los proyectos de futuro. Se pierde el ver crecer a los tuyos. Se pierde el madurar sabiendo que eres tú quién toma las riendas de todo. Se pierden las películas. Se pierden los suspiros. Se pierde conocer el amor que te despierta los latidos. Se pierde la música. Se pierde el baile. Se pierden los cafés con amigos. Se pierden las charlas a medianoche. Lo pierdes todo. Tal vez por eso me di cuenta de que valía la pena dejarte atrás. A ti y todo lo que me hacías sentir. Soledad y desamparo. Mareos y náuseas. Control y descontrol. Inseguridad disfrazada de seguridad. ¿Qué puede quedar en mí de ti? Si me robaste años enteros sollozando en una esquina. Me robaste la risa. Me robaste las caricias. Me dejaste inmóvil. Ni siquiera dejaba que me tocasen otras manos. Incluso yo misma dejé de mirarme por ti. Me robaste mi silueta, mis ojos, mis labios. Me robaste el verme y poder saber que era yo. Me escondiste tras tu sombra y me dejaste sola. Te fuiste cuando creí que contigo todo sería mejor. Me enseñaste el infierno de cerca y abandonaste mi alma entre mármoles fríos y sedientos de mis restos. Dejaste a mi familia envuelta en tus sudores. Dejaste a mi madre llorando de noche. Y a mis amigos con la preocupación y la incertidumbre de saber si volvería a ser yo. Me embaucaste y te creí. Me robaste el sueño. Lo convertiste en pesadillas cargadas de comida y básculas. Te creí cuando decías que no se me iría de las manos. Y me llevaste hasta la cuerda floja. Y allí vi lo que nunca quise ver. Parece sencillo, ¿verdad? Pero no lo es. Verte ahí, entre el aquí y el allí, escuchando llorar a cada persona que entraba y te veía. Leyendo en sus ojos el desasosiego y la tristeza. Por eso te dejo ir. Me conocí el día que comprendí que valía más que tú. Más que lo que tenías para mí. Más que tus idas y venidas. Más que tus dolores de estómago al caer el sol. Ahora puedo caminar sin miedo, puedo abrazar, puedo besar. Y sobre todo, puedo comer sin sentirme culpable por ti. Puedo sonreír de veras, como nunca lo había hecho. Puedo querer, puedo vivir. Ya no te quiero aquí. He descubierto algo mejor que tú. Y merece la pena.
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